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QUÉ TAL.. ES TU HIJO UN NIÑO OCUPADO?

Como mamá de un chico que está por terminar sus estudios de bachillerato, me encuentro en una etapa de remembranza en la que cada que veo a mi hijo en sus actividades para las cuales mi compañía es prácticamente innecesaria – por ejemplo al hacer su tarea de física, para lo que yo solo le serviría de porrista -, no puedo evitar pensar en esos años de su infancia durante la cual compartimos muchos momentos juntos. Recuerdo nuestras caminatas por el bosque, la lectura antes de dormir, nuestras conversaciones en el auto en el camino del colegio a la casa y otros tantos que en mi opinión, nos han permitido llevar una relación cercana en la que cabe el amor, la confianza y  el diálogo pero también los límites, los consejos y los retos que cada una de las etapas de su desarrollo han traído.

Hoy al mirar atrás, me doy cuenta que uno de los aspectos más importantes en el crecimiento de mis hijos ha sido el tiempo. Quizá la palabra “tiempo” suena como algo obvio cuando se trata del crecimiento de los seres humanos, pero no hablo del tiempo en el sentido antropológico del mismo. Hablo del tiempo desde la perspectiva de los niños, el tiempo que tiene un ritmo que los adultos no entendemos, aquel que va rápido cuando se juega y lento cuando se espera la llegada de una fecha especial. Un tiempo que tiene pausas largas, como la espera del turno en el consultorio del pediatra, y pausas cortas como cuando se quiere un abrazo de mamá.

En estos tiempos donde todo sucede vertiginosamente es cada vez más frecuente ver niños que han perdido el “sentido de su tiempo” porque se han hecho al tiempo de los adultos. Es decir, son los adultos quienes han marcado el ritmo del tiempo de estos niños y entonces, vemos niños corriendo para ir a la escuela. Unas horas después, salen de la escuela y con poco tiempo para comer, tienen que tomar algo en el auto porque de otra manera llegarán tarde a la primera clase de la tarde – ballet, natación, karate, entre otras. Posteriormente, de nuevo al auto para correr a la segunda clase de la tarde, y si los apuramos, incluso podrían tomar una clase más. Así, los padres se sienten satisfechos porque sus hijos están “aprovechando el tiempo”  y con tantas clases por la tarde, casi podrían asegurar que serán hombres y mujeres de bien.

Todo aquello que viven los niños influye en su desarrollo. Por ello es importante cuestionarnos qué tipo de experiencias les estamos ofreciendo, qué tan adecuadas son las actividades en las que pasan la mayor parte de su tiempo. Son numerosas las investigaciones que nos dicen que la saturación de los niños con actividades extraescolares tiene un impacto negativo en su salud. El que los niños estén en clases de todo lo que a sus padres se les ocurra no los hace más inteligentes y mucho menos más felices. En cambio, sí puede sobreestimularlos y esto podría causarles problemas de hiperactividad, falta de concentración e incluso problemas de aprendizaje.

Entonces, ¿por qué no nos aseguramos que sean niños de bien?, ¿por qué no valoramos la etapa de la niñez?, ¿por qué no dejamos que sean simplemente niños? Dejemos que disfruten “su tiempo” porque la niñez es tan corta que vale la pena permitir que los niños sean niños. Es importante entender que ellos ya tienen en su naturaleza la mejor herramienta para aprender durante la infancia: el juego. Los niños no necesitan ir de una clase a otra, necesitan una tarde en la que puedan hacer uso de su tiempo como su imaginación se los dicte (alejados de pantallas) y cercanos a la naturaleza. Necesitan tiempo para inventar juegos, crear historias, correr con los amigos en el parque.

Estudios recientes revelan que los niños pasan cada vez menos tiempo jugando y que el tiempo en el que se la pasan sedentarios (generalmente frente a una pantalla) se ha incrementado. Los niños han sido alejados de la naturaleza a la que ahora solo conocen de manera virtual; las bicicletas y las pelotas ya no son sus juguetes favoritos. Con nuestra anuencia la etapa que llamamos niñez se va acortando sin que sus protagonistas puedan hacer algo por revertir esta triste realidad.

En nuestras manos está “ajustar nuestro reloj” y disfrutar acompañando a nuestros hijos en su crecimiento mientras viven en su tiempo de niños.

Escrito por:  Norma Guinto

Directora pedagógica de Hábitat Learning Community®

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